Entré en Razzmatazz con la certeza de que el lunes 13 de julio no iba a ser una noche cualquiera. La combinación de Mala Rodríguez y Molotov prometía choque, actitud y electricidad, y la sala respondió con un ambiente de expectación que se notó desde la apertura de puertas, a las 18:30, hasta el cierre del concierto principal a las 21:00.
La primera gran sacudida llegó con Mala Rodríguez, que convirtió el arranque de la noche en una declaración de intenciones. Su presencia fue la de una artista que no necesita adornos para dominar el escenario: bastan su voz, su pulso y esa forma de lanzar cada verso como una sentencia. En una sala como Razzmatazz 1, su propuesta ganó todavía más fuerza, y canciones como “Yo marco el minuto” y “La niña” sonaron con la autoridad de quien abrió camino y sigue marcando referencia.




Cuando Molotov tomó el relevo, el clima cambió de temperatura de inmediato. El grupo mexicano salió con su mezcla habitual de irreverencia, sátira y potencia, y el público respondió como si estuviera esperando exactamente ese estallido. La noche se sostuvo sobre himnos que ya forman parte del ADN del rock en español: “Gimme tha Power”, “Frijolero”, “Voto latino” y “Puto” activaron coros masivos y esa clase de comunión que solo aparece cuando una banda conecta de verdad con su audiencia.





Lo que más me impresionó fue la manera en que Molotov convirtió la sala en un espacio de tensión celebratoria. No hubo pausa innecesaria ni distancia con la gente: todo fue directo, afilado y volcánico. Cada canción parecía diseñada para empujar un poco más arriba la energía colectiva, y en temas como “Frijolero” o “Gimme tha Power” se produjo ese momento en el que la sala entera canta como una sola voz, algo que siempre eleva un concierto por encima de la rutina.






También me quedo con la lógica perfecta de este doble cartel. Mala Rodríguez aportó verbo, presencia y verdad; Molotov, desparpajo, fuego y una descarga de rock latino que sigue funcionando con una vigencia brutal. Juntos ofrecieron una noche que no buscó la nostalgia fácil, sino el impacto real. Y lo consiguió de principio a fin, con una sala entregada y un formato que, por intensidad y personalidad, se sintió mucho más grande que una simple fecha de agenda.


Razzmatazz fue el lugar ideal para este combate de energías. Su formato cercano hizo que cada golpe de batería, cada bajo y cada coro rebotaran con más fuerza, amplificando una velada que quedó marcada por la intensidad y la complicidad. Salí con la sensación de haber visto un concierto con carácter, de esos que no solo se recuerdan por el repertorio, sino por la electricidad que dejan flotando en el aire.








