Miércoles 10 de diciembre, 20:00 h en punto. El Gran Teatre del Liceu se oscurece y, en medio de un haz de luz, aparece Ara Malikian con su violín para inaugurar la primera de sus dos noches barcelonesas dentro del Intruso World Tour. Lo que sigue no es un recital clásico al uso, sino un torbellino de música, historias y cercanía que hace olvidar, por momentos, que estamos en uno de los teatros más solemnes de la ciudad.
La propia gira Intruso se define como un viaje personal desde la angustia de no encajar hasta abrazar una identidad abierta al mundo, y esa idea se nota en cómo Malikian habita el Liceu: recorre el escenario de lado a lado, salta, gira sobre sí mismo y juega con las dinámicas como si fuera un rockstar de cámara. Desde el primer tema, el violín suena como una prolongación de su cuerpo, capaz de pasar de la delicadeza absoluta a la tormenta en cuestión de compases.
Entre pieza y pieza, rompe cualquier distancia con el público encadenando anécdotas que mezclan ironía y ternura. Una de las más celebradas de la noche es cuando cuenta, muerto de risa, aquella época en la que “trabajó haciendo nada”, un relato absurdo y muy humano que arranca carcajadas sinceras en butacas y palcos, y que sirve para hablar de precariedad, de rarezas y de cómo la música acaba siendo refugio.
El repertorio del concierto, tal y como se ha ido viendo en otras paradas de la gira, combina composiciones propias con guiños a referentes que han marcado el imaginario de Malikian. En Barcelona, brillan especialmente tres líneas de homenaje: Paganini, Paco de Lucía y Jimi Hendrix.
Con Paganini llega el momento de la pirueta técnica: pasajes endiablados, dobles cuerdas y silencios milimétricos que el público del Liceu sigue con respiración contenida. No hay frialdad: incluso en el despliegue más virtuoso, Malikian deja espacio a la expresión, a la mirada, a gestos que convierten la proeza en algo cercano.

El guiño a Paco de Lucía es pura emoción: el violín entra en terrenos flamencos con un fraseo que recuerda a la guitarra, acentuando golpes y acentos como si provinieran de un tablao más que de una orquesta. Y cuando llega el momento Hendrix, el Liceu se permite una sonrisa cómplice: aquí el violín se contamina del espíritu eléctrico, traduciendo al arco la energía de la guitarra distorsionada, sin perder nunca la elegancia de la cuerda frotada.
Una de las claves del concierto es cómo Ara Malikian convierte a sus músicos en coprotagonistas. No se queda quieto en el centro: se les acerca, toca literalmente a su lado, los mira, se ríe con ellos y construye pequeños diálogos musicales que el público percibe como momentos de familia en escena. Ese ir y venir constante rompe la idea de “solista con acompañamiento” y refuerza la sensación de estar ante una banda que respira al unísono.

Entre historias de infancia, recuerdos de guerra, viajes y confesiones sobre sentirse “intruso” en todas partes, el violinista va hilando una narrativa que hace que cada pieza tenga un porqué. No es solo una sucesión de obras: es un relato vital convertido en música, con un tono que alterna el humor y la emoción más directa.
Si el inicio tuvo algo de aparición mágica, el final tiene mucho de gesto simbólico. Para el último tema, Ara Malikian abandona el foco central del escenario, baja las escaleras y se adentra en el pasillo de la platea, tocando a pocos centímetros de las butacas. El Liceu —acostumbrado a ver a sus artistas desde cierta distancia— ve cómo el protagonista de la noche se mezcla con el público, convierte el cierre en un círculo íntimo y difumina cualquier frontera entre escenario y sala.
A su alrededor, caras emocionadas, móviles que dudan entre grabar o bajar y vivir el momento, y una sensación preciosa de “esto me está pasando delante mismo”. Cuando regresa al escenario y la última nota se apaga, la ovación es larga, de las que obligan a saludar varias veces y a agradecer una y otra vez.
Salimos del Liceu con la impresión de haber asistido a algo más que a un concierto virtuoso: ha sido un encuentro en el que el violín ha servido de excusa para hablar de identidad, de humor y de cómo, a veces, sentirse intruso en todas partes es la forma más honesta de pertenecer al mundo entero.









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